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viernes, 23 de marzo de 2012

¿Sabías que los Estados Unidos tuvo un emperador?


Joshua Abraham Norton se autoproclamó "Emperador de los Estados Unidos" y, posteriormente, "Protector de México" en 1859.
Norton I nació en Inglaterra en 1819, pasó parte de su vida en el sur de África. Emigró a San Francisco en 1849 después de recibir una donación de 40,000 dólares de la herencia de su padre. Inicialmente se ganaba la vida como un hombre de negocios invirtiendo en el arroz peruano, donde perdió su fortuna.

En 1859 Norton se declara emperador y, aunque no tenía poder político, su influencia se extendió solamente entre los que lo rodeaban, fue tratado con deferencia en San Francisco, y la moneda emitida a su nombre fue aceptada en los establecimientos que frecuentaba.

Aunque se le consideraba como un demente o, por lo menos, un excéntrico, los ciudadanos de San Francisco celebraban su presencia real y sus proclamas. La más famosa fue su “orden” de disolver el Congreso de los Estados Unidos y la construcción de un puente colgante y un túnel en la Bahía de San Francisco. A diferencia de muchos otros decretos, éste se convirtió en realidad. La construcción del San Francisco - Oakland Bay Bridge comenzó el 9 de julio de 1933 y se completó el 12 de noviembre de 1936.
A pesar de sus peculiaridades y su condición psicológica, Norton era en ocasiones un visionario al intentar formar una Liga de las Naciones Unidas y prohibió cualquier forma de conflicto entre las religiones o las sectas.

Acostumbraba inspeccionar las calles de San Francisco en un uniforme azul con charreteras chapadas en oro. También llevaba un sombrero de castor adornado con una pluma de pavo real y una roseta. Durante sus inspecciones, Norton comprobaba el estado de las aceras y los coches de cable, el estado de la reparación de los bienes públicos, y la apariencia de los agentes de policía.

Norton fue amado y venerado por los ciudadanos de San Francisco. Aunque no poseía ni un centavo, comía regularmente en los mejores restaurantes de San Francisco. Los propietarios de los restaurantes agregaron placas de bronce en sus entradas que declaraban “Nombramiento de su Majestad Imperial, el emperador Norton I de los Estados Unidos” Estos sellos imperiales de “aprobación” eran muy apreciados e impulsaban considerablemente al comercio.

En 1867, un policía llamado Armand Barbier arrestó a Norton para comprometerlo con un tratamiento involuntario de un trastorno mental. La detención del emperador indignó a los ciudadanos y provocó editoriales mordaces en los periódicos. El jefe de policía Patrick Crowley ordenó la libertad de Norton y se disculpó en nombre de la fuerza pública. Norton magnánimo concedió un “perdón imperial” a la policía. A partir de entonces todos los agentes de la policía de San Francisco saludaban a Norton al pasar en las calles.

Norton también emitió su propio dinero para pagar sus deudas y fue aceptada localmente en San Francisco, en denominaciones de entre cincuenta centavos y diez dólares; las pocas notas que sobreviven son objetos de colección.

Durante los últimos años de “reinado” de Norton, fue objeto de muchas especulaciones. Una historia popular sugiere que era hijo del emperador Napoleón III, y que su pretensión de llegar de Sudáfrica era una treta para evitar la persecución. Otra historia popular sugirió que Norton estaba planeando casarse con la reina Victoria.

La tarde del 8 de enero de 1880, Norton se desplomó en la esquina de la calle California y Dupont (ahora avenida de Grant) delante de la antigua iglesia de Santa María cuando se dirigía a una conferencia en la Academia de Ciencias de California, y murió antes de poder recibir tratamiento médico. En su funeral cerca de 30,000 personas llenaron las calles de San Francisco para rendirle homenaje. El legado de Norton ha sido inmortalizado en la literatura de los escritores Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Moore, Christopher y Neil Gaiman, con personajes basados en él.

La tumba está marcada por una gran inscripción: "Norton I, Emperador de los Estados Unidos y Protector de México".

Fuente: Wikipedia

miércoles, 21 de marzo de 2012

El portero del prostíbulo

No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pagado que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre?
De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque sus padres había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre.
Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.

Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio.
Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo: A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla
con los comentarios que usted crea convenientes.
El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero.....
Me encantaría satisfacerlo, señor - balbuceó - pero yo... yo no sé leer ni escribir.
¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto...
Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo...
No lo dejó terminar. Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte.
Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a sí casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer?
Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.
Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero recibido. En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra.
¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha.

A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme. Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo...
Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
Está bien.
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta. Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?
No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.
Hagamos un trato - dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?.
Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días...
Aceptó. Volvió a montar su mula.
Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
Sí...
Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.
El ex - portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.
"...No todos disponemos de cuatro días para compras", recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.
En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes.
La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje.

Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.
Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón.
Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer ferretería del pueblo.
Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.
Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.

Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos.
Y luego, ¿por qué no? Las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos.....
Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región.
Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñaría además de lectoescritura, las artes y loas oficios más prácticos de la época.

El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela.
El honor sería para mí - dijo el hombre -. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.
¿Usted? - dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo - ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir?
Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?
Yo se lo puedo contestar - respondió el hombre con calma -. Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo!.

26 cuentos para pensar
Jorge Bucay