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domingo, 28 de agosto de 2011

UNAS PÁGINAS DEL DIARIO SECRETO DE JUAN PABLO I correspondientes al día 2 de septiembre de 1978

¿Juan Pablo I fue asesinado?
El día anterior, Su Santidad había despachado asuntos importantes con la colaboración del Cardenal Prionio; asuntos la mayor parte, relacionados con los problemas que planteaba la Compañía de Jesús (jesuítas), tema éste en el que Eduardo Pironio estaba documentadísimo. El 25, Albino Luciani acusaba la fatiga y el cansancio vividos el día anterior. Pese a ello despachó por la mañana con dos congregaciones (con la de los obispos, aceptando la renuncia del prelado español Antonio Añoveros, obispo de Bilbao), recibiendo posteriormente la visita del arzobispo de Caracas, cardenal Humberto Quintero. En su ronda habitual de trabajo con los dicasterios recibió al prefecto y el secretario de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos...

La mañana discurría plácidamente, en medio de tan intenso trabajo de gobierno, cuando Diego Lorenzi entró radiante en el estudio donde Juan Pablo I despedía ya al cardenal brasileño, Agnelo Rossi, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos; Lorenzi, exclamó:
«-¡Han liberado a Luca, santidad! Y la madre dice que es por su intervención del domingo. Una banda de secuestradores que retenía desde hacía tres meses al pobre chiquillo Luca Locci se conmovió, al parecer, con la alocución pronunciada por Juan Pablo I durante el ángelus.
Ahora tendremos ocasión de comprobar, tal como ha quedado dicho en el apartado anterior, la presencia en el Diario del papa Luciani de la mayoría (por no decir todos) de nombres de personajes y entidades que citábamos en el referido apartado. (Nota del autor)
El papa estaba convencido de que habían sido las madres o las hermanas de los secuestradores quienes al oír sus palabras por radio habían incitado a aquellos a realizar tal gesto humanitario.

Después hizo acto de presencia monseñor Giuseppe Caprio para comunicar al pontífice las últimas impresiones sobre los problemas financieros, cuando a la media hora volvió a entrar don Lorenzi, pálido, demudado, para anunciar:
«-Santo padre, algo terrible. Acaba de llamarme por el teléfono reservado que dimos a nuestro amigo secreto de Venecia, Aldo Manucio, el hijo del impresor, para decirme que acaban de encontrar a su padre ahogado en el canal de los Apóstoles, con un montón de cascotes en los bolsillos del traje.
Quedé aplastado por la noticia. Expliqué al «sostituto» que Aldo júnior, muchacho vivísimo de catorce años, exacto a su padre, se había entregado a la Iglesia junto a él, había recibido con él mi instrucción religiosa y la comunión, y ya nos había servido de enlace varias veces.
Dije a don Lorenzi que le trajese inmediatamente a Roma, para tenerle cerca y en lugar seguro; y me contestó que ya venía para acá, pero que le había adelantado por teléfono el último mensaje de su padre: «Estoy acosado. Que sepa el jefe que corre tanto peligro como yo. Están desesperados y van a atacar esta misma semana».
Pobre Aldo, que ha muerto por mí, mártir de mi amistad y de la Iglesia, porque el plan no es contra el pobre papa sino contra la Iglesia. No hay mayor amor que dar la vida por el amigo. Llegó el muchacho al anochecer y se le ha preparado alojamiento vigilado aquí mismo en el Colegio Etiópico.
Llamamos inmediatamente al cardenal Villot que, apenas informado, procede con su fría eficacia habitual.
Michelle Sindona Banquero de la "Cosa Nostra"
 Antes de acabar la mañana estaba detenido «el Minutante», y los servicios secretos italianos capturaron también a sus dos contactos en Roma; un agente siciliano de comercio exterior y un abogado joven de Venecia que dirigía un próspero bufete de asesoramiento, que como supimos esta misma tarde mantenía conexión con varios afiliados a la logia Propaganda Due (P2) y con varios agregados comerciales del Este, como los de Polonia y Bulgaria. Se descubrieron también extrañas relaciones comerciales del primer contacto con una empresa de servicios e instalaciones que tenía varias contratas en la Ciudad del Vaticano, que fueron rescindidas fulminantemente tanto más que a esa empresa pertenecían los obreros que habían penetrado y robado hace poco en el apartamento de Pablo VI. 
Cuando los servicios secretos trataron de localizar en Venecia al personaje a quien Aldo Manucio llamaba siempre «el Coordinador», resultó que acababa de salir a mediodía de hoy, precisamente, hacia Suiza. No sé si se logrará averiguar mucho más en los interrogatorios en curso, pero en todo caso la pequeña conjura contra mí que se había montado en Roma queda desarticulada. Lucrecia de Borja no volverá al pasadizo de Santo Angelo.

Mientras íbamos recibiendo estas noticias, monseñor Caprio resumía con su claridad característica la situación de nuestra crisis financiera, y llegábamos a la conclusión de que todo estaba a punto de reventar...
Monseñor Caprio me resumía el informe final sobre las actividades del IOR recién completado por mi gabinete de crisis, coordinado por el propio «sostituto», y con la intervención preferente de los cardenales Felice y Benelli. Por fin Estados Unidos había concedido a Italia la extradición de Michele Sindona, banquero de la mafia y socio del IOR por la imprudencia especulativa de Spada,
Paul Marzinkus "el banquero de Dios"

Mennini y Marzinkus. Estaban llegando a una clara convergencia acusatoria contra este trío del Vaticano el informe encargado por el servicio de vigilancia fiscal del abogado Ambrosoli, en combinación con la policía de Palermo; los informes del banco de Italia que se centraban en la investigación de las actividades del Banco Ambrosiano de Milán, dirigido por Roberto Calvi, a quien también había elegido el IOR como socio después de la quiebra de Sindona; y el sumario incoado por el juez Emilio Alessandrini... Tanto el informe Ambrosoli, como los del Banco de Italia, que llegaron a poder del juez Alessandrini, coincidían en el diagnóstico: el IOR estaba inextricablemente implicado en las operaciones fraudulentas del Banco Ambrosiano de Calvi, como los había estado en las operaciones equívocas de Sindona...
Abrumado por estos informes, comunicados secretamente por las autoridades italianas a mis colaboradores seguros para que pudiéramos encontrar ante todos la mejor solución, antes de que la prensa mundial se nos echara encima y organizase uno de los grandes escándalos de la Historia, recordé a Caprio una reciente conversación del cardenal Silvio Oddi con los directivos del IOR. El cardenal acababa de abrir en el IOR varias cuentas importantes que provenían de aportaciones de diversos santuarios y dijo a Luigi Mennini en presencia del presidente del IOR (Paul Marzinkus): «Cuidado con los dólares, no nos ocurra como a Sindona». Oddi le contó extrañado la respuesta de los banqueros del Vaticano: «Con Sindona sólo obtuvimos beneficios». Esta era, por lo visto, la justificación oficial de Marzinkus, que reaccionaba como un banquero, y no como un prelado de la Iglesia, ante el escándalo que ya se cernía sobre nosotros.

Caprio predice que el escándalo saltará inevitablemente a la prensa mundial, dentro de pocas semanas...
Por eso me resulta intolerable que una alucinación especulativa de dos o tres personajes esté a punto de arrojar sobre nosotros toda una cloaca de acusaciones y trampas, en buena parte por nuestra culpa. El único remedio tiene que ser la luz a raudales, la claridad informativa, el reconocimiento de nuestros errores. Y en un plano técnico la unificación rigurosa de nuestras administraciones, previo el apartamiento fulminante de quienes nos han llevado a tan triste y absurda situación.

Pido a Caprio que consulte a nuestros amigos de la administración y la justicia italiana; en pago por su gesto de amistad y cooperación, sobre la conveniencia de que yo me adelante al vertido de esa cloaca con una declaración solemne y concreta, dando la cara ante todo el mundo, y pidiendo ayuda a todos para sacar a la Iglesia de este mal paso. Esto siento que debo hacerlo no más tarde de la semana próxima. Todo el mundo sabe que a mí personalmente no me alcanza una brizna de este escándalo. Precisamente por eso voy a hacerme responsable ante el mundo entero, en un gesto supremo de solidaridad con la propia Iglesia de Cristo. Y todo se resolverá, estoy seguro, como una aparatosa tormenta de otoño. Ya ha corrido, entre el primer cieno, la primera sangre y hay que evitar, junto a la avalancha, el torrente.

Esta noche, sin embargo, mi firme decisión no ahuyenta, como otras veces, a la opresión que no ha dejado de atenazarme en toda la jornada. Es igual. Porque mi paz interior desborda a esa opresión agravada. Y me deja abierto claramente el camino, sin esperar a la mañana.

EPÍLOGO
¿Fueron causas naturales las que produjeron la muerte de Albino Luciani, o el producto de una siniestra conspiración concluida en bochornoso asesinato?
Ha quedado en evidencia que Juan Pablo I tenía hombres de confianza trabajando para él en el esclarecimiento de las interminables irregularidades financieras protagonizadas por personajes del Vaticano conectados a miembros de la Mafia y la Masonería. Uno de esos hombres leales al Sumo Pontífice, era Aldo Manucio, oportunamente asesinado en Venecia, el cual, antes de su muerte, había pronunciado unas palabras altamente reveladoras:
Estoy acosado. Que sepa el jefe que corre tanto peligro como yo. Están desesperados y van d atacar esta misma semana. Cuando mencionaba al JEFE, ¿estaba Manucio refiriéndose a Juan Pablo I?, ¿estaba advirtiéndole de que la conspiración para asesinarle era todo un hecho?
¿Por qué, de ser cierto que su Santidad manifestó molestias la noche de su muerte, nadie se quedó velándole? Máxime si se tiene en cuenta que, en idénticas circunstancias, no se había abandonado a la soledad a otros pontífices.

Albino Luciani había hablado el lunes, 25 de septiembre, trigésimo día de su pontificado de... el único remedio tiene que ser la luz a raudales, la claridad informativa, el reconocimiento de nuestros errores. Y en un plano técnico la unificación rigurosa de nuestras administraciones, previo el APARTAMIENTO FULMINANTE DE QUIENES nos han llevado a tan triste y absurda situación. Si Juan Pablo I llevaba a la práctica tales planteamientos, y parecía irrevocablemente decidido a hacerlo, ¿qué hubiese significado la valentía y sinceridad del pontífice para Calvi y, sobre todo, para Paul Marzinkus, el aciago protagonista de las finanzas vaticanas?

Ni Mario Puzzo ni Francis Ford Coppola, escritor y productor uno y otro de «El Padrino III», se han mostrado en absoluto ruborosos a la hora de evidenciar en la película protagonizada por Al Pacino (en el cual Raf Vallone interpreta el papel de Albino Luciani), que la desaparición de Juan Pablo I se debió a un execrable asesinato. Y tampoco se molestan en esconder el dedo acusador de ambos apuntando como a uno de los principales miembros de la criminal conspiración, al arzobispo Paul Marzinkus.

Por triste que se nos antoje queda clara, demasiado clara, la implicación de Marzinkus en el conciliábulo conspiratorio. Porque Marzinkus jamás pasó de ser uno de esos personajes zafios, retorcidos y siniestros, muy capaces de enmendarle la papeleta al propio Jesucristo si éste decidiera volver por segunda vez al mundo.
¿Y Calvi, Roberto Calvi? Amenazó, para escapar a la ruina que le desbordaba y las consecuencias de ésta, con revelar los muchos secretos de que era poseedor... entre ellos el relacionado con la muerte del papa Luciani?

Demasiadas incógnitas y ni una sola respuesta concreta. Hipótesis, conjeturas, teorías, posibilidades... Todo ello, barajado, se resume en el hecho de que el súbito fallecimiento de Juan Pablo I, a los treinta y tres días de su exaltación al solio pontificio, siga siendo uno de los grandes enigmas de la historia del presente siglo.

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