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domingo, 28 de agosto de 2011

LA MISTERIOSA MUERTE DE JUAN PABLO I (Albino Luciani, el Papa de los 33 días)Pablo VI

Reproduzco en estas páginas, el relato que el profesor Jeremy Taylor hace en su libro “Enigmas de la Historia” en relación a la misteriosa muerte de Albino Luciani (Juan Pablo I).
Juan Pablo I
No hemos sido llamados —ni tan siquiera nos anima ese propósito— a establecer juicios de valor sobre el modus operandi de la Iglesia Católica, como institución, entre otras razones porque reconocemos implícitamente nuestras limitaciones y de que otros, más documentados y calificados, lo hacen, sirviéndose de rigores y apreciaciones más o menos estrictos, y en función de la propia ética y/o razón.

De todas formas no nos produce el más mínimo rubor asegurar que desde nuestra óptica personal consideramos que la Iglesia —siempre como institución— se nos antoja el poder fáctico por antonomasia, y también un organismo oscuro, complejo, inquietante, inexpugnable —aunque en la actualidad ya no lo sea tanto—, contraventor descarado de sus propios dogmas, reaccionario de acuerdo con sus estrictas necesidades, que lleva cientos de años permitiéndose la libertad —que le otorga su propia patente de corso— de insultar la inteligencia humana, cuando no de manipularla con el más sublime de los cinismos. Pero pensamos al mismo tiempo que todo ello es fruto del simple y elemental hecho de estar compuesta y dirigida por hombres; hombres de hábitos, rojos, blancos o negros, ¡qué más da!, pero hombres al fin y a la postre.

Hombres en cuya intimidad —no todos, pero sí muchos — se gestan idénticas debilidades y flaquezas (a las que luego sucumben) que en los demás humanos. Hombres asequibles a la ambición, al protagonismo personal y/o político, al egocentrismo, a la hoy denominada «erótica del poder», a la melodía financiera... A todas esas lindezas terrenales que cautivan a los hombres independientemente de calzarse sotana o pantalones.
Pero al margen de las opiniones arriesgadas, que son nuestras —y tenemos la certeza de que ampliamente compartidas—, y como tales opiniones merecen de entrada el respeto (al margen de la aprobación o censura, según criterios) que se debe a todo punto de vista expresado con nobleza, de forma abierta y sin doblez... Al margen de todo esto, decíamos, seguimos insistiendo en inhibirnos a críticas, elogios o mayores juicios de valor acerca de los aciertos e imperfecciones que jalonan la historia de la Iglesia, centrándonos en el hecho concreto de exponer y comentar uno de los sucesos más extraños y confusos en que se ha visto envuelta esa institución religiosa (¿) en su contemporáneo devenir: la muerte de Juan Pablo I.

Como no estamos en poder de elementos objetivos —ni tan siquiera subjetivos— con que alimentar, en principio, teorías, posibilidades, hipótesis o especulaciones, nos ceñiremos a los textos de un famoso y creíble historiador, Ricardo de la Cierva, y más concretamente al prólogo de su obra, Diario secreto de Juan Pablo I, del que extraeremos algunos fragmentos; significativos fragmentos, que algunos podrán considerar altamente reveladores, mientras que a otros puede que los suma todavía más en la vorágine inconcreta y alucinante que rodeó —y rodea— la desaparición de Albino Luciani:

A las siete cuarenta de la mañana del sábado 29 de septiembre de 1978 saltaron casi al unísono, desde una emisora romana a los teletipos de todo el mundo, el estupor y la mentira. El estupor ante la noticia más inesperada que cabía imaginar: la muerte del papa Juan Pablo I cuando se acababan de cumplir los treinta y tres días de su pontificado; era la primera vez, en siglos, que un papa moría solo en su dormitorio. Pero el estupor nació, envuelto en la mentira. En virtud de acuerdos que nunca se revelaron, todo el mundo se puso a mentir sobre la muerte del papa. Personas de proximidad, responsabilidad y rango semejantes comunicaron, desde los primeros instantes del estupor y durante los días, semanas y meses siguientes, hasta la actualidad, informaciones divergentes y aún contradictorias. Una monja de la pequeña comunidad que cuidaba al papa declaró que el cadáver fue descubierto por el secretario irlandés; luego dijo que fue ella misma. Nadie reveló entonces indisposición alguna del papa en vísperas de su muerte; pero diez años después, el secretario irlandés, ya obispo, se acuerda de un extraño dolor de cabeza, mientras el secretario italiano, que estaba también presente en aquel momento, explica que el papa sintió tan aguda opresión en el pecho que hubo de apoyarse en la pared. Ante una indisposición menor del papa Pablo VI, a quien también había servido, el secretario irlandés, según él mismo refiere, se pasó toda la noche velando el sueño de aquel pontífice; pero no se le ocurrió hacer lo mismo durante la postrera noche de Juan Pablo I. Todos los testigos afirman que el Papa, al morir, aferraba unos misteriosos papeles, pero nadie dice cuáles. La monja, y Radio Vaticana, dijeron al principio que se trataba de la «Imitación de Cristo», libro predilecto de Juan Pablo..., que según otros testigos ni se hallaba en el dormitorio papal; un biógrafo piadoso afirma que los papeles eran un borrador para la breve alocución del domingo siguiente después del ángelus; un cardenal testigo cree que se trataba de una homilía veneciana del Papa que quería adaptar en Roma; otros creen estar seguros de que era el discurso ultimátum que Juan Pablo I estaba a punto de dirigir a los jesuítas para volverlos al buen camino; otros aluden a ciertas listas y secretos proyectos.

Existen pruebas claras de varias preocupaciones gravísimas del papa Luciani sobre los problemas financieros de la Santa Sede durante aquellos últimos años, y sobre su disconformidad con determinados dignatarios de la curia romana y de la Iglesia universal, de quienes había completado y perfilado su ya excelente información anterior a lo largo de sus treinta y tres días de pontificado; pero un cualificado testigo jesuíta, amigo personal del papa, se atreve a mentir rotundamente cuando afirma: «No se había ocupado de finanzas ni de nombramientos». Por el contrario, consta su absorbente preocupación por uno y otro problema hasta unas horas antes de su muerte solitaria y secreta. Había decidido y promulgado, durante los treinta y tres días, nombramientos muy importantes y significativos; poseía ideas muy claras sobre la equívoca situación financiera de la Santa Sede —a punto de reventar— y prácticamente había anunciado con firmeza y claridad que estaba a punto de tomar decisiones de suma importancia para el gobierno de la Iglesia en cuanto completase la exhaustiva información que ya tenía muy avanzada en varios campos..., que como sabía muy bien eran campos de minas. Sobre su salud corrieron versiones igualmente contradictorias: excelente para unos, desastrosa para otros...

Antes de proseguir queremos dedicar un breve inciso a un hecho que puede considerarse importante. Parece ser que Albino Luciani, siendo todavía cardenal de Venecia, tuvo una premonición acerca de su muerte. Fue en el invierno anterior a su elección como Sumo pontífice cuando, desde su cátedra de San Marcos, durante la homilía de la Natividad, dijo textualmente: «Que tengamos todos un feliz año 1978, o al menos los meses que Dios nos conceda de él».
Al día siguiente toda Venecia comentaba el significado, entre misterioso y esotérico, de aquellas palabras del cardenal Luciani.
Seguidamente y como suele decirse en el argot periodístico, vamos a aportar y transcribir un grupo de «sueltos», muchos de ellos posteriores a la muerte de Juan
Pablo I, en los que se citan una serie de sucesos y nombres que, más tarde, al reencontrarnos con lo que podríamos llamar hilo cronológico (que se interrumpe en el presente apartado) de este cuaderno-crónica, veremos mencionados en uno de los pasajes del Diario Secreto de Albino Luciani, sacado a la luz merced a los excelentes servicios del historiador Ricardo de la Cierva.

«El viernes 18 de junio de 1982, Anthony Huntley, un empleado de Fleet Street, se dirigía a su trabajo recorriendo la margen del río Támesis en Londres. Al echar una ojeada sobre el parapeto, vio, entre las sombras del puente de Blackfriars, el cuerpo sin vida de un hombre de mediana edad colgado de un andamio, a pocos pasos de distancia.
Roberto Calvi
 A las ocho de la mañana, media hora después del macabro descubrimiento, los policías desataron los dos nudos dobles que unían al andamio la cuerda de un metro de longitud y depositaron el cuerpo en una lancha. Los policías sacaron seis ladrillos de los bolsillos del cadáver que yacía ahora en el muelle de Waterloo, y un ladrillo más del interior de los pantalones. Nada sugería juego sucio. El cuerpo no presentaba heridas y ni la actitud ni la situación del cadáver daban motivos para levantar sospechas.
Emprendieron la tarea de identificar al suicida. El ligero y elegante traje gris fabricado en Milán indicaba que podía tratarse de un hombre de negocios extranjero.
Dos costosos relojes Patek Philippe reforzaban esta teoría, que fue confirmada cuando descubrieron que el muerto llevaba encima casi 7,400 libras. La suma estaba compuesta por dólares americanos y francos suizos, además de 47 libras esterlinas y el equivalente a veinticuatro en liras italianas. Faltaba la página "F" de su agenda, que apareció arrugada en el bolsillo del pantalón.
En ella figuraban una serie de conocidos nombres italianos. Como se supo más tarde, muchos de aquellos nombres pertenecían a personajes influyentes y poderosos como Rino Fórmica, ministro de finanzas, y Albert Ferrari, miembro de la Logia masónica conocida como P2 (Propaganda 2). En el bolsillo interior de la americana del muerto estaba el pasaporte. Se trataba de un italiano: el señor Gian Roberto Calvini, más conocido por Roberto Calvi».
«La caída y muerte de Roberto Calvi siguió a un ascenso espectacular en los ambientes italianos del poder.
Como le consumía la ambición, se introdujo en una enmarañada trama financiera extendida a través del globo, donde se enredaron muy ilustres personalidades. Aunque en muchos aspectos, el caso sigue siendo un misterio, lo que se ha llegado a saber parece una espeluznante historia de terror al más puro estilo cinematográfico. Dentro de ella aparece la extraña implicación que Calvi trató de crear en torno a la Banca Vaticana, o IOR. La historia comenzó en los años sesenta, cuando el banquero Michele Sindona se relacionó con el arzobispo Montini de Milán.

En 1963 Montini fue elegido papa con el nombre de Pablo VI. Sindona intervino en asuntos relacionados directamente con las finanzas del Vaticano y estableció una fuerte amistad con su dirigente, el arzobispo Marzinkus. Sindona era miembro de la masonería y un cargo importante de la Logia P2.
Pablo VI
Calvi y Marzinkus se conocieron a través de Sindona, comenzando así la fatídica relación entre el IOR y el Banco Ambrosiano. En 1974 quebró el banco de Sindona en Milán, cuando había depositados en él VEINTISÉIS MILLONES DE DOLARES PROPIEDAD DEL VATICANO. A continuación se produjo la quiebra del banco de Nueva York. En el momento de la muerte del papa Pablo VI, las finanzas del Vaticano atravesaban por un momento delicadísimo.
Las pérdidas sufridas por el Vaticano tras su relación con Sindona se estiman en un valor comprendido entre los TREINTA y los TRESCIENTOS millones de dólares, aunque el obispo Marzinkus insistió en que, si se tomaban en cuenta los resultados de su asociación anterior con Sindona, el balance arrojaba unos beneficios increíbles.

En los años setenta se estrecharon las relaciones entre el Banco Ambrosiano y la Banca Vaticana, llegando Calvi a la presidencia del Ambrosiano en 1975, poniendo de inmediato en marcha la expansión de la entidad bancaria, uniendo el patronazgo de Sindona a su propia experiencia financiera. Cuando quiebra el banco de Sindona, el Ambrosiano evita lo peor del escándalo.
Aprovechándose del prestigio de la Iglesia para dar credibilidad a sus resultados, Calvi se sitúa al frente de la mayor banca privada italiana. Es en esta época cuando entra a formar parte de la P2 y llega a tesorero bajo el control de Sindona y Licio Gelli, Gran Maestre de la P2.
Calvi deseaba asegurarse el acceso a sumas elevadas en metálico sin levantar las sospechas de las autoridades italianas o de sus propios empleados. Consiguió eludir su detección fundando un banco subsidiario en Luxemburgo, lejos de los ojos inquisidores del Banco de Italia. La Banca Vaticana recuperó VEINTE MILLONES de dólares de los que, en otras operaciones, Calvi había derrochado.
Al mismo tiempo, éste aumentó su participación accionarial en el Banco Ambrosiano hasta un 20%, aunque, al hacerlo, actuaba en contra de las reglas del propio banco. La opinión pública estaba admirada por el auge experimentado por el banco bajo la dirección de su presidente, Roberto Calvi. En los Consejos de Administración su palabra era ley. La autoridad de Calvi no se cuestionó hasta casi el momento de su muerte. El estilo retórico que empleaba durante las reuniones era comparable al sermón de un predicador. Las hojas de balance del Banco Ambrosiano iban encabezadas con la frase: Demos gracias a Dios.

A través del banco subsidiario de Luxemburgo, Calvi llegó a disfrazar sumas enormes tras la «fachada» de compañías en América Central y en Sudamérica. Este dinero aparecía en forma de préstamos de bancos europeos, incluido el Midland y el National Westminster Bank. Aquellas sumas se canalizaban a través de Luxemburgo y de unas compañías fantasmas en Panamá, vía Nassau, en Las Bahamas, y en Lima, Perú. No parece nada seguro que el Vaticano conociese el destino final de su dinero. Lo cierto es que el IOR sabía que los préstamos no existían. El arzobispo Marzinkus formaba parte del Consejo de Administración del Banco Ambrosiano de Nassau —quizá para reforzar aquella frase tan suya de que: No se puede dirigir un banco a base de Avemarías— lo que hace pensar que quizás él sí lo sabía, aunque el modo de administrar de Calvi, a veces con carta blanca para todo, hace dudar de la transparencia informativa.

Algunas empresas de Panamá eran supervisadas personalmente por el arzobispo Marzinkus en 1981, como consta en dos cartas a compañías interpuestas. Estas «cartas de aliento» se empleaban para acentuar la reputación de las compañías y asegurarse futuros préstamos, aunque el Vaticano no reconocía su responsabilidad en caso de pérdidas. Este dinero desapareció justamente antes de la quiebra del banco Ambrosiano. La suma alcanzaba un valor total de OCHOCIENTOS MILLONES de libras esterlinas, de las que una gran parte no se ha recuperado. Se desconoce el destino del dinero o la identidad del «hombre de paja» de Calvi.
Licio Gelli

Ciertas teorías indican que la P2, con Gelli a la cabeza, empleaba el dinero para financiar varios proyectos relacionados con la guerra. Entre ellos, el apoyo a ciertos regímenes militares de tendencia derechista, como los de Perú, Paraguay, Uruguay y la «contra» nicaragüense. Otras teorías apuntan a que parte de esa suma se usó para ayudar al ejército argentino durante la guerra de las Malvinas.

De 1970 a 1980, Calvi edificó un imperio cuajado de trampas y fraudes que terminó por destruir a su propio arquitecto. Sus contactos a alto nivel, tanto con el Vaticano como con la Masonería, indican que conocía muchos secretos en el campo de la vida eclesiástica y política italiana. Fue inevitable que empezara a ganarse enemigos.
El primero de ellos y uno de los más poderosos, fue Michele Sindona, precisamente «el padrino» que le introdujo en los ambientes del poder.»

BREVE DICCIONARIO ACLARATORIO
(sobre nombres y entidades aparecidos en este resumen)
BANCO AMBROSIANO — Fundado por el sacerdote italiano Monseñor Giuseppe Tovini el 27 de agosto de 1894. Tenía el propósito de utilizarse como contrapeso de la gran banca «laica», es decir, de la que se encontraba en manos de la Masonería. Tovini dio a su banco el nombre de San Ambrosio, el santo arzobispo de Milán que en el siglo IV luchó con denuedo por la libertad de la Iglesia Católica frente a las interferencias del poder secular. Pronto se le conoció como «el banco de los curas». En los orígenes, y durante su larga historia, su situación era muy distinta de aquella a la que le llevó Roberto Calvi con sus conexiones con la Masonería.

BANCO/A ITALIANA — El Vaticano, como Estado soberano que es, tiene su propia bandera, moneda, pasaporte y funcionariado, así como un reducido territorio en Roma. De los asuntos financieros se encarga el IOR (Instituto para las Obras Religiosas), cuya precaria situación es de todos conocida. El IOR resultó involucrado, a través del que fuera su presidente, el arzobispo Marzinkus, por las relaciones financieras mantenidas con Roberto Calvi, Michele Sindona y Licio Gelli. El IOR se asoció directamente al banco Ambrosiano de Calvi con 1,6% del accionariado y también indirectamente a través de la propiedad de sociedades interpuestas. Calvi usó al IOR como escudo de sus actividades delictivas. Las sospechas de ilegalidad disminuyeron cuando Marzinkus, en 1981, declaró que el
Banco Ambrosiano era «una inversión excelente». Al quebrar dicho banco, el IOR resultó implicado en el escándalo. Posteriormente declinó toda responsabilidad en el pago de la deuda contraída con los acreedores, que alcanzaba la suma de CIENTO SESENTA Y CUATRO MILLONES de libras esterlinas.

GELLI, LICIO («el organizador») — Fue el desafortunado Gran Maestre de la Logia Masónica P2, actualmente disuelta. Militó durante la guerra junto al fascismo, pero cambió de partido justamente antes de que aquella terminase, con el fin de salvar el pellejo. En los años cincuenta amasó una fortuna considerable vendiendo armas a los argentinos. Junto con Calvi y Sindona fue uno de los asesores financieros del Vaticano a lo largo de los setenta.

IOR — Instituto de le Opere di Religione (Instituto para las Obras Religiosas).

MARZINKUS, PAUL — Arzobispo estadounidense, nacido en Chicago. Fue presidente de la IOR a partir de 1971. Actualmente está retirado. Se dice que salvó la vida de Pablo VI en el intento de asesinato que éste sufrió en Filipinas. Sin embargo Marzinkus fue conocido por las relaciones con banqueros del tipo de Calvi, y por los escándalos que siguieron. Mientras duró su asociación con Calvi, Sindona y Gelli, el Vaticano perdió cientos de millones en libras. En 1987, Marzinkus recibió una orden de arresto de la Magistratura italiana por fraude bancario, aunque el tema fue sobreseído al disfrutar de inmunidad diplomática como miembro del Estado Vaticano.

SINDONA, MICHELE — Siciliano, convicto de estafa y asesinato, era miembro de la P2 y antiguo amigo y protector de Roberto Calvi. Aunque a nivel internacional era tenido por un banquero respetable, actuaba también para la Mafia como blanqueador de dinero. Conocido de Pablo VI, el Vaticano le encargó algunas de sus inversiones y él fue quien presentó a Roberto Calvi al arzobispo Marzinkus. Su falso secuestro en 1979 condujo al descubrimiento de una lista de nombres de la P2 en casa de su amigo Licio Gelli. En 1980 se confesó culpable de fraude y perjurio ante un tribunal de Nueva York. Internado en la cárcel italiana de alta seguridad de Volgera, tuvo el misterioso final que sufrieron otros muchos miembros de la P2. Aparentemente se suicidó con una taza de café en la que había vertido cianuro sódico.
La mayoría opina que fue asesinado para cerrarle la boca. Empezaba entonces a cumplir una condena de cadena perpetua por asesinato.

Fuente: Enigmas de la historia, Jeremy Taylor

1 comentario:

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